domingo, 3 de junio de 2007

Opinion: de politicos y periodistas

Me animó a escribir sobre política a pesar de la idiotez que ha colonizado la totalidad de los minúsculos y endebles espacios públicos existentes en el país. Esta situación me obliga a usar cualquier recoveco comunicativo para dar una opinión; aunque en esta lógica de zaguán no queda más que esperar la presencia de algún ingenuo que, al igual que yo, todavía crea que la discusión es una alternativa valida para intercambiar ideas, saberes o por lo menos miserias humanas. Antes de continuar es necesario que aclare mi posición respecto al principio de libertad de expresión.
Como todo otro principio considero que la libertad de expresión no es más que un enmascaramiento de las violencias que organizan la palabra en sociedades basadas en el monopolio económico de los recursos materiales y simbólicos. Tampoco creo en la reivindicación populista de una supuesta comunicación moralmente pura que no busca otra cosa que disciplinar el carácter hedonista de hablar por hablar; es decir, hablar porque se puede o hablar porque se quiere. Finalmente, estoy en contra de la propiedad “privada” de los medios de comunicación en cualquiera de sus manifestaciones, no me interesa sí el dueño es un avaro capitalista o un estado debilucho.
Hay dos episodios a los que me quiero referir. El uno es la famosa cadena radial del Presidente Rafael Correa, en la cual expulso al periodista del Universo Emilio Palacio. El otro es el cierre de la cadena de televisión RCTV en Venezuela. En ambos casos me parece que se evidencia la naturaleza ilusoria de la libertad de expresión, ambas situaciones muestran la mala conciencia de intenciones de controlar y dominar la palabra pública.
Hace una semana el presidente de Ecuador, después de varias intervenciones, paradójicamente mediáticas, en las que acusaba a los periodistas de mafiosos y calumniadores, convocó a un debate sobre la libertad de expresión en el palacio de Carandolet. Como era de esperarse uno de los invitados, herido en su orgullo profesional, se dedicó a provocar al presidente para convertirse en el héroe griego o el mártir cristiano, según el gusto, de un gremio venido a menos y sumido en una profunda crisis existencial, sino pregúntele a cualquiera de ellos cual es la diferencia entre un comunicador y un periodista. El presidente con ese estilo político tan particular expulso del Palacio a Palacio. No podía esperarse menos de una cultura política heredera de una modernidad católica encarnada en García Moreno, una izquierda creyente y homofóbica recientemente liderada por intelectuales orgánicos desencantados del Banco Mundial y una tradición de elites racistas e ignorantes acostumbradas a vivir de la explotación y el chisme parroquial.
Las lecturas del incidente han sido limitadas y limitantes; estás a favor del presidente o estás a favor de Palacio, eres de izquierda o eres de derecha; en la estupidez de Ortiz estás a favor de la tiranía o a favor de la libertad de presa y en la retórica del gobierno apoyas al Estado o apoyas la empresa, te identificas con una cambio que por cierto tiene un tufo reformista o abrazas la dominación de la oligarquía. Todas estás dicotomías son las que estructuran cualquier discusión en torno a un tema que a mi entender es una soberana imbecilidad. ¿Por qué tenemos que tomar partido por un bando al que no pertenecemos? Para los que formamos parte de los ciudadanos de cédula qué importancia tiene quien logré imponer su prepotencia y soberbia, recordando a Pancho Jaime cuando fustigaba a la televisión, qué chucha me importa a mi que pase con la televisión sí para salir en ella tengo que hacer el ridículo bailando en A Todo Dar o matar a mi mamá con el cepillo de dientes para estar en la portada del Extra.
Lo que me interesa a mi es que existan condiciones para encontrarme con otros vagos como yo y hablar hasta que me aburra sobre cualquier tontera que afecte mi vida diaria; lo que necesitamos es más espacios públicos donde conocer y reconocer a gente como nosotros, victimas de la pasividad a las que nos someten sociedades espectaculares. En mi opinión, pueden matarse por el monopolio de la comunicación, sea quien sea el dueño igual me van a joder sistemáticamente con la basura mediática y la miseria cultural que se produce alegremente en este país.
Esto me lleva a la segunda batalla por la libertad de expresión. Hoy dejó de trasmitir RCTV porque el presidente Hugo Chávez no extendió la concesión de la frecuencia pública con la que salían al aire. A sabiendas que voy a ofender a algunos impolutos televidentes, yo me alegro que hayan cerrado ese canal porque son los responsables de programas como la Guerra de los Sexos; pero no puedo negar que me conmueve ver a sus funcionarios cantando Cuando un Amigo se va de Alberto Cortez, momento en el que tengo que confesar que mi mal gusto musical es responsabilidad de mi papá, quien me obligó a escuchar desde niño ésta y otras muchas más cursilerías por el estilo.
Ojala que el nuevo canal no haga novelas, porque en mi caso el culebrón venezolano de bajo presupuesto es el culpable de todas mis sospechas hacia las mujeres y de mi infantil anhelo de enamorarme de la empleada. Sí Chávez no se convierte en productor de telenovelas creo que ya es un gran aporte a la cultura Latinoamericana. Ahora bien, si el nuevo canal insiste en una agenda de producción televisiva orientada a preguntarnos Quien quiere ser Millonario o convencernos que la vida se resuelve en Topacio, Cristal, Roberta o un noticiero sensacionalista, entonces espero que también lo cierren.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Completamente de acuerdo!!! La mal llamada libertad de expresión no es más que un recurso mediático para difundir violencias de todo tipo sin tener que rendir cuentas a nadie. El alcance tecnológico de los mass media no es suficiente motivo para legitimar y mamarnos las agresiones verbales y visuales que cometen a cada instante "los" mercachifles de la información.
JP