domingo, 17 de junio de 2007

Apuntes: aeropuertos

Me gusta esperar en los aeropuertos, siempre que puedo llego unas horas antes que salga mi vuelo, me siento por ahí y me dedico a esperar, a sentir esa espera angustiosa, esa espera que anticipa algo. Ahora estoy esperando en Guayaquil, el malestar causado por los tragos de ayer todavía me produce pequeños escalofríos y sobresaltos, aún así estoy de buen ánimo; incluso el miedo que suelo experimentar cuando estoy próximo a subir en un avisón se está disipando. Debido al inesperado entusiasmo decidí comprar una revista y leerla tomándome un café. El mesero me trae la orden, un expreso doble, huele delicioso pero el sabor deja mucho que desear y yo pienso resignado que no se puede esperar más de una cafetería de aeropuerto. Ojeó la revista y busco un artículo que me llame la atención, nada interesante, enseguida echo de menos los diez dólares que gasté; nuevamente culpo al aeropuerto. No se puede esperar más de un lugar que clasifica a sus visitantes en función de su destino, un espacio que convierte la existencia en mero porvenir. Frente a mi se encuentran decenas de personas jugándose ese futuro. Gracias a la estupidez de pocos, en este país la mayoría de gente que espera en los aeropuertos está a punto de usar un boleto cuyo pasaje de regreso perderá, pero que compraron para conseguir la visa. La despedida marca la espera de este tipo de viajante. También están los turistas, la forma de caminar y vestir permite intuir su procedencia antes de escuchar sus conversaciones; aunque debo confesar que en el caso de los asiáticos no logro establecer diferencias, me consuelo recordando que en Estados Unidos yo era mexicano. El signo del turista es la indiferencia. Finalmente, están los viajantes consuetudinarios; ejecutivas y ejecutivos que han dejado de esperar, el aeropuerto es parte de un día a día lleno de dinero, poder y contaminación. Debería crearse un impuesto a la polución que produce este animal económico que viaja para acumular más dinero, poder y dióxido de carbono, pero en lugar de eso, la estupidez capitalista de las aerolíneas los premia con millas que seguramente canjearán con más viajes innecesarios. Muy a mi pesar, escucho Quito entre cientos de palabras escupidas por la indescifrable voz del altoparlante, me levanto y entro a la sala de espera. Me gusta la sala de espera, todos estamos asustados, bueno no todos, porque para el viajero de negocios la espera nunca transmuta en algo

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